¡Que los reyes son los padres!
Publicado en 22/05/12
Desde pequeñitos nos enseñan a creer en los Reyes Magos. Nos adornan con grandilocuencia el advenimiento de las tres figuritas que colocamos en el belén y nos convencen para que nos acostemos temprano, eso sí, después de haber dejado una copita de licor café en la mesita del salón y un poco de paja delante del árbol de plástico (puestos a ser roñosos, los camellos podrían comerse el árbol de plástico que lleva en mi casa desde que el mundo es mundo). Yo todos los días de reyes despertaba así como a eso de las seis de la mañana con el corazón palpitante, e iba corriendo al cuarto donde dormían mis padres, que siempre se encontraban extrañamente cansados y con el aliento insecticida del licor café. Crecí con la esperanza ciega de que algún día pillaría a sus majestades in fraganti, con los aparatosos turbantes y el traje cosido con lentejuelas multicolores, llenos de esplendor y magnificencia, bebiéndose las copitas que habíamos dejado en la mesa del salón, y atando los camellos a la manivela de la puerta. Cuando un día decidí espiar, asomando la cabeza entre las rejas de la baranda de la escalera, solo conseguí tener durante una semana, dos hendiduras semigangrenadas a lo largo de la cara, y la triste imagen de mis padres en bata y zapatillas dejando los regalos debajo del árbol perenne de navidad, y bebiéndose las copas de licor. Es duro crecer con esa imagen y por eso, me vengué cuando al lunes siguiente dije a todos en clase que los reyes son los padres.
